Lo que no se dice, duele. Lo que nunca se va a poder decir, además, arde. Quema, como el frío más hostil. No quiere, ni deja querer, porque sangra. Aunque me disperse, y la rueda de la fortuna gire, -Su naturaleza es cambiar, como la del tiempo es pasar- saberme afortunado, si lo creo, si mis ojos ven el pedazo de cielo que tengo enfrente, la magia y el hogar.
¿Cuántos duelos contarán mis penas? ¿Cuántas formas tomará el dolor? No es una queja, mucho menos un reproche. Sólo la búsqueda de claridad en esta niebla que atravieso como si nadase, teniendo que controlar la respiración. ¿El tiempo que apila mis recuerdos tiene la capacidad de aliviar el dolor? ¿O más bien todos cargamos con nuestras penas a cuestas sin más que hacer que andar, andar, andar?
Se cierran ciclos... de nueve años, dicen, de treinta, otros. Hace unos meses, bajo la Luna llena, un amigo me dijo que hay que estar en calma, no precipitarse. Le hice caso, ya que por dentro estaba convulsionado, a punto de dar giros drásticos. Respiro otra etapa, chau Dragón, chau Serpiente, ahora Caballos galopan sobre el verde, beben del río, juegan. La lealtad, mostrar el alma a quienes quiero acompañar y que me acompañen. Cambio de ciclo, no guardarme nada, forzar el límite.
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