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Se cierran ciclos... de nueve años, dicen, de treinta, otros. Hace unos meses, bajo la Luna llena, un amigo me dijo que hay que estar en calma, no precipitarse. Le hice caso, ya que por dentro estaba convulsionado, a punto de dar giros drásticos.  Respiro otra etapa, chau Dragón, chau Serpiente, ahora Caballos galopan sobre el verde, beben del río, juegan. La lealtad, mostrar el alma a quienes quiero acompañar y que me acompañen. Cambio de ciclo, no guardarme nada, forzar el límite. 
Ceniza. Lo auténtico está en poner el cuerpo. Ceniza. Arde el recuerdo, se fuga. Mis pensamientos también escapan, invisibles, inmateriales, en todos y en ninguna parte, eternamente y nunca más. Limbo temporal. El viaje, el invento, el espíritu.
Sociedad del control y el consumo Ahora resulta que adoro al más vil y cruel de los dioses: La Naturaleza. 
La pasión, evasiva. La costumbre, asesina. La naturaleza y el tiempo dos clavos en mis manos. Quemo y me voy. Ilusión, vana. Mi ego, mi orgullo, mí ergo mí. Me intuyo, rehúyo, exteriorizo, poseo, deseo, orgasmo. Desaparición. 
Intentando descifrar qué es la vida -suponiendo que hay una respuesta válida- resulta que hay que negociar entre las pulsiones, entre Eros y Tánatos, entre lo reprimido y lo que sale. Repeticiones y lo que duele, hasta que el dolor es consciente. Entre la contemplación y el éxtasis, yo quiero desposeer. 
Que afortunado El amor se posa sobre mí a pesar de mi racionalidad y la mercantilización del tiempo. Siento el calor la temperatura de la emoción Porque el amor puede ser de todo hasta indefinible pero frio, jamás de ninguna manera. Si se enfría es otra cosa pudo haber sido amor pero ya no lo es.
 Noviembre, Buenos Aires. Bajo la sombra de un tipuana, duerme y ya no despierta. Por la plaza pasan almas carne, sudor y lágrimas. Pero duerme y ya no despierta.