Lo que no se dice, duele. Lo que nunca se va a poder decir, además, arde. Quema, como el frío más hostil. No quiere, ni deja querer, porque sangra. Aunque me disperse, y la rueda de la fortuna gire, -Su naturaleza es cambiar, como la del tiempo es pasar- saberme afortunado, si lo creo, si mis ojos ven el pedazo de cielo que tengo enfrente, la magia y el hogar.
Me asquea la gente que toma el papel de víctima. No es algo que quiera para mí, ni para los que quiero. Esa actitud sólo trae pesadumbre y rencor. Si dentro del gran abanico de posibilidades elegís la pena y la mentira tu respiración puede ser desperdicio de aire.
Intentando descifrar qué es la vida -suponiendo que hay una respuesta válida- resulta que hay que negociar entre las pulsiones, entre Eros y Tánatos, entre lo reprimido y lo que sale. Repeticiones y lo que duele, hasta que el dolor es consciente. Entre la contemplación y el éxtasis, yo quiero desposeer.
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