y es que mi alma es negra, y sólo quiere oscuridad al rededor,
pero a veces me haces tan bien, aunque también mal.
Soy tan egoísta, ya no me quiero alejar. ¿o sí?
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Otoño, otra vez. Pasaron cuatro desde que nos conocimos. En este yo no te quería ver sufrir por mí, pero pasó. Vos decís que no querés ver cómo el fuego se apaga. Yo creo en la metamorfosis, la transformación, aunque no sé si eso es prueba de mi valor o la falta del mismo. Otoño, su sol tibio, sus colores, la tierra exigiendo lo que le pertenece. Nosotros separándonos. Perdiendo contra el tiempo mientras las puertas se cierran frente a mis ojos, frente a mis lágrimas.
¿Cuántos duelos contarán mis penas? ¿Cuántas formas tomará el dolor? No es una queja, mucho menos un reproche. Sólo la búsqueda de claridad en esta niebla que atravieso como si nadase, teniendo que controlar la respiración. ¿El tiempo que apila mis recuerdos tiene la capacidad de aliviar el dolor? ¿O más bien todos cargamos con nuestras penas a cuestas sin más que hacer que andar, andar, andar?
Se cierran ciclos... de nueve años, dicen, de treinta, otros. Hace unos meses, bajo la Luna llena, un amigo me dijo que hay que estar en calma, no precipitarse. Le hice caso, ya que por dentro estaba convulsionado, a punto de dar giros drásticos. Respiro otra etapa, chau Dragón, chau Serpiente, ahora Caballos galopan sobre el verde, beben del río, juegan. La lealtad, mostrar el alma a quienes quiero acompañar y que me acompañen. Cambio de ciclo, no guardarme nada, forzar el límite.
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