Cuando alguien muestra algo que no es, se nota. Nuestra especie no tiene la capacidad innata de camuflarse. Sí construimos nuestra conciencia, experiencia tras experiencia, sensación tras sensación.
Por ello considero el mentir, el ocultar, el querer ser lo que no se es, como el flagelo más grande que uno puede infligirse. Querer alcanzar lo que no se es mediante la actuación, en lugar de cambiar nuestras acciones, eso sí que es absurdo, es transformar la realidad en una ficción.
Lo peor de todo esto es que se nota. Quien cae en tal flagelación queda expuesto y asquea. Sí, hay personas que asquean. En segundo lugar están los que necesitan reconocimiento constantemente. Quienes remarcan su carácter, como si necesitasen recordarle al otro lo que son y lo que hicieron.
¿Cuántos duelos contarán mis penas? ¿Cuántas formas tomará el dolor? No es una queja, mucho menos un reproche. Sólo la búsqueda de claridad en esta niebla que atravieso como si nadase, teniendo que controlar la respiración. ¿El tiempo que apila mis recuerdos tiene la capacidad de aliviar el dolor? ¿O más bien todos cargamos con nuestras penas a cuestas sin más que hacer que andar, andar, andar?
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