Cuando pensás que nada puede estar peor (o mejor) va y se muere tu viejo, o tu perro, o tu gato.
O tu amor ya no te ama. O tu amor te manipula. O eso que pensás que es amor no es más que pena, autoengaño, obsesión. O es amor que no se entiende con la forma de amar del otro.
O se te inunda el pecho de lamentos por lo que no fue. La cabeza te rebalsa de cosas que no hiciste y ahora ya no podes o nunca pudiste. De repente ya no mirás para arriba, sino que cada vez más abajo, y para dentro te da miedo.
Ahora tu piel es extraña, el mundo más gris, la mayoría más pobre.
Disfrutá lo que te toca, la suerte cambia y el cielo ennegrece. A la vuelta de la esquina te podes caer o encontrar la forma de elevarte como nunca antes pero para atrás no podemos ir.
Para atrás no podemos ir.
¿Cuántos duelos contarán mis penas? ¿Cuántas formas tomará el dolor? No es una queja, mucho menos un reproche. Sólo la búsqueda de claridad en esta niebla que atravieso como si nadase, teniendo que controlar la respiración. ¿El tiempo que apila mis recuerdos tiene la capacidad de aliviar el dolor? ¿O más bien todos cargamos con nuestras penas a cuestas sin más que hacer que andar, andar, andar?
Comentarios
Publicar un comentario