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La pasión, evasiva. La costumbre, asesina. La naturaleza y el tiempo dos clavos en mis manos. Quemo y me voy. Ilusión, vana. Mi ego, mi orgullo, mí ergo mí. Me intuyo, rehúyo, exteriorizo, poseo, deseo, orgasmo. Desaparición. 
Intentando descifrar qué es la vida -suponiendo que hay una respuesta válida- resulta que hay que negociar entre las pulsiones, entre Eros y Tánatos, entre lo reprimido y lo que sale. Repeticiones y lo que duele, hasta que el dolor es consciente. Entre la contemplación y el éxtasis, yo quiero desposeer. 
Que afortunado El amor se posa sobre mí a pesar de mi racionalidad y la mercantilización del tiempo. Siento el calor la temperatura de la emoción Porque el amor puede ser de todo hasta indefinible pero frio, jamás de ninguna manera. Si se enfría es otra cosa pudo haber sido amor pero ya no lo es.
 Noviembre, Buenos Aires. Bajo la sombra de un tipuana, duerme y ya no despierta. Por la plaza pasan almas carne, sudor y lágrimas. Pero duerme y ya no despierta.
 Del desastre algo tiene que salir. Nos agrupamos, tejemos redes. No importa si lloramos lágrimas de sangre. No importa cuántos muertos queden atrás. Hasta el último minuto lucharemos. Perseguidos, condenados, pero peleando. Con la certeza de tener al lado a quien nos ama. Sosteniéndonos las manos mientras nuestro corazón siga impulsando sangre y calor. Hasta dejar de existir, hasta pasar a la insignificancia infinita. El camino que andamos, cuántas penas, otras alegrías, lo que nos toca. Con la esperanza puesta en que la organización vence al tiempo.
La tristeza la conozco, ya no le rindo culto. Pongo el hombro y escucho, también sé cuando cerrar la puerta. No soy cruel, la vida lo es.